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Soltereando. Harto de la playa

28 agosto 2012


No hay manjar que no empalague, ni vicio que no enfade. Por placentera que pueda ser, la playa ha acabado por cansarme. La he tenido en abundancia, pero el alma saciada es sabido que desprecia el rayo de miel. La arena que amanece en la sábana después de un revolcón, ahora me incomoda. Un revuelco nocturno sobre el césped deja hormigas, picores, manchas y hasta vestigios de excremento canino. En el banco, un magreo comporta lumbago y sobrecarga muscular. Coitar en el coche obliga al estrabismo: un ojo al pibón y otro al mirón o ladrón. La cópula en el Mar Menor es apurada de mantener rodeado de abuelos meones. En el Mayor, el mayor oleaje la complica…
Pero al margen de ayuntamientos incómodos, de la playa me han echado el calor; la pegajosa humedad; el ruido; la muchedumbre; los perullos y las cucarachas. Mención aparte he de hacer de la inseguridad: en este país de gobernantes humanitarios, legisladores blandos y sistema judicial ineficaz, la costa ha perdido su función. Y desde hace cuatro o cinco años tengo las pruebas de que se solterea mejor por el interior que por el litoral. Mas el ser humano es inconstante, de manera que quizás mi conducta mude de nuevo dentro de un tiempo. En éste, el vodkatónica que estará de moda dentro de meses, prefiero degustarlo en Murcia. El más refrescante, el que me tomo en el piso de la hija de un político que aprovecha que sus padres están fuera para invitarme. Una ciudad en la que le auguro prosperidad al céntrico centro de masaje tántrico. De él hablan los tíos mientras las tías andan ocupadas en otro erotismo, éste imaginado: el de la trilogía ‘Cincuenta sombras’.
Aquí, en Murcia, trabajo. Trabajo más de lo que de esta columna se infiere. Pero organizándome bien, puedo hacer mucho, necesitar poco, reír bastante y agradecer lo que tengo; claves éstas, según un buen amigo, de una buena vida.
(Columna publicada en La Verdad de Murcia el 28/08/2012)

Soltereando. Del dandi al adán

21 agosto 2012

Lo que gusta en la fiesta, a la mañana apesta. Uno sale de su casa atildado, bienoliente, pero al regreso no siempre arroja el perfecto estado de revista. En un caso porque el piso de universitarias del que te largas carece de aire acondicionado y la persiana no puede subirse. Y por no despertar a las inquilinas te duchas en el tuyo. En otro, porque tampoco quieres quebrar el sueño de la arrendataria, pero al mismo tiempo no encuentras todas tus prendas al tacto. Sales con lo imprescindible y los coches te pitan y algún ocupante hasta te aplaude cuando, cabello desordenado y camisa de trapo, cruzas Juan de Borbón. Puede ocurrirte también que si no localizas el timbre de apertura, al saltar el vallado se te enganche la camisa, pero no hay jirón que por bien no venga.
En una ocasión la tipa con la que quedas te presenta a su receloso grupo de parejas, del que dos envidiosos se destacan considerándote “un poco pijo”. Entonces, el dandi que luces fuera le cede el turno al primitivo que bufa dentro, éste pide tequilas para todos y cuando va por el sexto, los desconfiados se han quedado en el tercero. Ahora es el ‘gentleman’ el que se pira del círculo con su chica, basquea y cuando ella apaga la luz y él cierra los ojos, el regurgitar es imparable: huida a trompicones y un tequila devuelto en cada esquina.
Un quinto caso te conduce a un cuarto en la plaza Camachos, vestido de huertano porque es la noche del Bando. No te desvistes ya que la huertana tiene el mes, pero tras tanto estrujón y sobo, cuando te miras en el espejo del ascensor pareces salido de una matanza de chata murciana. Ella no conduce y no hay un puñetero taxi libre, de modo que eres un eccehomo en la Gran Vía.
Al final, en cada memoria fondean unas imágenes irrepetibles. Recogido de la fiesta, a la mañana miro al techo y digo: “Vaya historias”...
(Columna publicada en La Verdad de Murcia el 21/08/2012)

Soltereando. Depilación y extensiones

14 agosto 2012


Las tías nos prefieren depilados. Sobre todo las de dieciocho a treinta y pocos. No quieren pelambrera del cuello a los dominios del quinto miembro. Hace el canelo quien aún se refugia en la pretendida masculinidad del pelo en pecho. O en la de un bajo vientre lanudo. Lo cierto es que solo nos toleran el vello en los brazos y piernas. Aunque no lo es menos que esta regla la rompe alguna excepción. Como excepción igualmente cabe encontrarle a que no hay moza fea ni vieja hermosa.
Una chica presumida aplaude que su chico sea cuando menos la mitad de presumido que ella. Para relucir hay que sufrir. Y en un centro de depilación se sufre. Y el bolsillo también. Aconsejo acudir a uno solo sea por escuchar las conversaciones que en la sala de espera mantienen las tipas. Y porque cuando menos te lo esperas salta la liebre. El otro día, el tema era la mascarilla que se aplican en el cabello. Y la obsesión por adquirir volumen. Volumen capilar. A propósito de esto, en la tertulia introduje el asunto de las extensiones: uno admira una melena espesa y cuando la poseedora le permite alargar la mano para masajear desde la nuca, la ristra de mechones postizos adheridos con pasadores impide la ascensión de las yemas. Pinchazo.
-Ah, es que no te he dicho que llevo extensiones…
Yo los llamo pasadores, pero en realidad son clips-peinetas, anillas o grapas. Cada vez que me tropiezo con ellos pienso en una alambrada. Y una alambrada no me resulta especialmente excitante. Como tampoco la pelusa facial abundante. O una madeja en el sobaco. Vamos, lo que les hemos visto en Londres a unas cuantas pesistas de las que no me quiero imaginar el hipogastrio… En esa área yo alabo la rasuración. Nada de maraña. Y el arte incluso me despierta una sonrisa. No me refiero a la presencia de un tatuaje, sino a lo que hallé una vez: vello rapado al dos, dibujando una flecha dirigida hacia… 
(Columna publicada en La Verdad de Murcia el 14/08/2012)

Soltereando. El tabaco o yo

07 agosto 2012

Cuando presientas que la mano que coges puede ser la mano que te hunda, suéltala. Obrar esta máxima siempre evita dificultades. En mi vida he soltado alguna, y de mi mano se han soltado unas pocas. Otras no he querido cogerlas y escasas no he podido. Entre las que bien he soltado, bien no he querido se encuentran las que manipulaban tabaco. El tabaco y yo no hemos armonizado nunca, hasta el extremo de que no puedo besar una boca que fume.
Durante años sí he tolerado un beso. Prevalecía la belleza sobre el sabor y el olor. Sin embargo, ahora, ni el roce del deseo, pues si observo una cara preciosa espirar la nube tóxica, queda descartada de mis labios. ¡Por qué pijo fumarán las tías!
Últimamente, práctica común en los aseos de los bares de copas y discotecas es que las tipas entren en pareja, compartan un pitillo y no abran la puerta hasta haber expulsado la última bocanada. Así evitan salir a la calle. Eso, en los locales con la ley antitabaco en vigor, porque en muchos antros rige la impunidad. No es el caso de mi micropiso, donde el de ‘Eurovegas’ aún no gobierna. En mis cuarenta metros cuadrados, un cigarrillo ha acabado con el porvenir de más de una relación. Por no hablar ya de otras, liquidadas en viviendas ajenas, en las que cuando la inquilina ha expelido la fumarada previa al besuqueo se me ha sellado automáticamente el morro, y del suyo he huido hocicando hacia abajo. 
Afición (adicción) ciega razón. A cuántos pibonazos les habré prometido una relación de más de una luna si renuncian al vicio… Pero nada. Defienden su hábito pidiéndole fuego al de al lado. 
-Luis, me gusta fumar y no pienso dejarlo.
-Pues…
En su descargo debo decir que ni una sola fumadora se ha quejado de que yo sea un no fumador. Pero en esto lo tengo claro: mano maloliente, mano que suelto. Una de dos: o el tabaco o yo.

(Columna publicada en La Verdad de Murcia el 7/08/2012)

Soltereando. Y a la cazuela

31 julio 2012

Aves del mismo plumaje vuelan juntas. No quiero líos con tías casadas, emparejadas o en vías de separación. Incluso con recién separadas. No porque haya abrazado la tesis de que lo semejante busca lo semejante (casi siempre, como sostenía Heráclito, “de lo diverso, la más bella armonía”), sino porque de los supuestos mencionados se derivan problemas. Y la tranquilidad es felicidad.
Que no quiera cacao no significa que no lo haya tenido. El disimulo sobre algún flirteo me escoltará hasta la tumba. Pero tanto como discreto me considero un hábil escapista. Para detectar los problemas. Para huir de ellos. De ellas…
Ya que hablo de discreción, siempre me ha maravillado el arte que tienen las mujeres para soltar trolas por teléfono. Tendido he contemplado actuaciones merecedoras del Óscar. Conversaciones con el enamorado, el padre, la hija o la amiga. Igualmente he abortado alguna: de madrugada rechacé la llamada que un torero famoso le hacía a mi acompañante, que se encontraba en el cuarto de baño. Recuerdo asimismo que otra noche me dio tiempo a leer en la pantalla el nombre de un futbolista, pero no pregunté. Jamás pregunto. Porque para mí, la vida íntima es sagrada. Y porque preguntar por ella, además de resultarle incómodo a la preguntada, despierta su rechazo al preguntador (del mismo modo, preguntadora-preguntado). Los interrogatorios producen ansiedad. Igual que otros comportamientos, por ejemplo el de esos tipos que salen a juerguearse con el ímpetu de los toros que chocan contra el vallado en la curva de Mercaderes. Ese frenesí es ahuyentador. Lo captan las chicas. Y éstas les ponen el vallado facial a los ansiosos, pues ahora, hacerle la cobra a un tío ya no sólo consiste en retraer la cabeza al compás del acercamiento del varón; girar la cabeza a fin de que el individuo se choque contra el pómulo también vale.
Está todo muy jodido, sí, pero no hay crisis que extermine el apetito humano de encontrar aves del mismo plumaje. O de distinto. Y a la cazuela…
(Columna publicada en La Verdad de Murcia el 31/07/2012)

Soltereando. Cocina de seducción

24 julio 2012

Cuando me preguntan que si cocino respondo que sí, que cocino lo que cada día haya cocinado el establecimiento de comidas para llevar… De la micrococina de mi micropiso sólo sé cómo funciona el microondas, que según el chef Juan Luis Buitrago es el calentador de leche peor aprovechado. La explicación es sencilla: en esto de la manducatoria sostengo que hay que acudir a los profesionales. Si se puede, claro, porque a este paso no voy a poder asomarme al Marcha y Pasa, La Olla o al Pepe del Cornijal. Por no hablar ya de aproximarme a una barra o a una mesa con mantel. El tatuaje cervical de la cajera de Mibarra tendré que contemplarlo desde la calle, demasiado lejos para apreciar la lindura… de esa ancla. Menos mal que mi madre me asegura que siempre podré acudir a su plato. Caldero no hay más que uno.


Este julio me he colocado el mandil y he participado en un curso de cocina. De cocina de seducción. Acaso porque sin amar y sin yantar nadie puede pasar. Y he aprendido cosas como que se elaboran croquetas de olivas; que en una gamba se puede meter una almeja con trocitos de tomate, puerro y pepinillo; que una crema de espárragos, dátiles y crujiente de berenjena aviva la libido; o que la canela, la pimienta en grano y el clavo le van bien al brownie. Cosas que no cocinaré nunca, pero que sí contaré para seducir. Para innovar en mi método. Innovación. Eso en lo que debe haber “conocimiento, orden y pasión”, según Ferran Adrià traducido.


En mi vida he cocinado para una chica. Me conozco, sé que no acabo ni el aperitivo. De una cena “romántica”, a las tías les suele gustar más la envoltura que lo envuelto. Y para envolver, yo prefiero cenar fuera. En silla alta. La baja me da sueño. Y en casa, sólo beber. Y si la invitada tiene hambre, ofrecerle lo que haya quedado del establecimiento de comidas para llevar…
(Columna publicada en La Verdad de Murcia el 24/07/2012)