04 abril 2008

Ascensores humeantes

Por mí como si en sus casas hay nubes tóxicas. Por mí como si conviven con más humo que el que atravesaban los concursantes de ‘Lluvia de estrellas’. Lo que no tolero es que un fumador en el ascensor apure el pitillo o se lo encienda. No acepto que le dé ni una calá ni que expulse la última bocanada. Está prohibido, pero sigue habiendo gente para la que en materia de humos está prohibido prohibir. Porque sin su cigarrillo se les sube el humo a las narices. Pero en ese habitáculo, el hábitat quiero que sea respirable. Quizás sea porque el tabaco y yo no armonizamos nunca. Menos, en espacios reducidos.
Me da que hay más de los segundos que de los primeros. Entran solos al elevador y piensan (es mucho suponer): “Para cuatro segundos que me quedan antes de llegar al piso, me lo enciendo. O no hay nadie esperando o cuando llegue el siguiente esto ya se ha ventilado”. Y no, no se ha ventilado. Más de una ocasión he aguantado la respiración como en el buceo a pulmón libre. O he parado el montacargas en una planta intermedia y he cogido otro o he seguido a pie. Si es que con un poco de mala suerte, hasta da tiempo a que se te impregne la ropa y el pelo de ese olor. Pestazo, joer.
Y si es verano, hay bochorno y en el ascensor padeces dos o tres grados más que fuera, a quien perpetre la llamarada del papel de fumar habría que bajarle los humos para siempre. Hombre ya. Ascensor murciano (Foto: Alcázar)

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