25 junio 2008

La avispa y el trampolín

Hace más de quince años que no me pica una avispa. Pero en cuanto se aproxima el verano, no hay anestesia que siquiera difumine en mi memoria dolorosa los picotazos de las “chaquetas amarillas”. Envidio a esa gente que las tiene rondando y no se inmuta. Es gente que piensa que si no se molesta a una avispa, ella no te molesta a ti. O a esas personas refranescas que dicen que sólo pica la abeja a quien poco la maneja. Cuán equivocadas están. Porque yo jamás he molestado a quienes me han aguijoneado...
A mí, por picarme me ha picado hasta un tábano. Eso sí que duele. Y me dejó el muslo como la columna de Trajano. Y una abeja, pero ésta lo hizo en el bíceps, y al menos lucí bola con la justificación de que, como jugaba al tenis, tenía un brazo más musculoso que el otro...
La otra mañana, en el césped del parque por el que corro observé un avispero junto a una charca de agua estancada. Ya están ahí las cabronas, activas más que en otra época del año, haciendo no sé qué en ese hábitat. Las miré y recordé el picotazo en la planta del pie, hace siglos, mientras corría por el borde de una piscina. O el más absurdo, con planchazo incluido: iba yo a saltar desde un trampolín altísimo, de esos de Juegos Olímpicos; iba yo a caer de pie, estiradísimo, porque no había nadie que tuviera el valor de jugarse la cabeza. Tomé impulso y noté algo extraño en mi hombro. Y, en el aire, a la avispa le dio tiempo a punzarme. Y a mí a intentar quitármela de encima, perdiendo la verticalidad por causa del aspaviento y enlomándome vivo...
Menos mal que nunca he reaccionado con un shock alérgico de esos que incluso dificultan la respiración, provocan taquicardia y pueden causar la muerte. Porque de todo el catálogo interminable de muertes absurdas, ésta ocupa un puesto alto.
En pleno revoloteo, una directa hacia mí (Foto: Alcázar)

No hay comentarios: