24 julio 2008

Chicharras. Grillos. Monocordes melodías



No llevo un cuaderno de campo porque en realidad salgo a correr, pero de mis carreras matutinas por las playas oriolanas destaco una observación: los gorriones y los gatos se comen a las chicharras. Al menos lo intentan. Las chicharras forman parte de su carta, no sé si del menú diario. Y tampoco sé si debido a que suponen un sabroso bocado o a que si se las zampan, evitan el tormento auditivo. Y de paso nos lo ahorran al resto de los mortales.
No saber –o no poder- abstraerse al ruido de las chicharras puede convertir en un estresado permanente al más flemático. Los tapones son mi recurso. Les debo la vida. Les debo el sueño. Porque por el día son las chicharras, pero por la noche son los grillos.
Es absurdo pretender convencerse de que si conseguimos callar el garlido de la chicharra y el cricrí del grillo campestre más próximos, la molestia desaparecerá. En ese caso, nuestro oído obsesivo se afinará más e, involuntariamente “sintonizará” la siguiente emisión, aunque ésta sea lejana.
Todos los caminos conducen, pues, a los tapones. Años de uso me llevan a concluir que los mejores son los de gomaespuma amarillos. Anti chicharras y anti grillos...



¿Dónde está la chicharra? Cabo Roig (Vídeo: Alcázar)
¿Dónde está el grillo? Dehesa de Campoamor (Vídeo: Alcázar)

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