30 julio 2008

Desmitificando a los camioneros

La profesión de camionero me inspiró siempre simpatías hasta comienzos de junio pasado. Desde ese paro patronal perpetrado por autónomos, de los camioneros no me hacen gracia ni los variopintos artículos que decoran las cabinas.
Mis apegos por los camioneros connotaban razones que podría incluir en un metafísico cajón de sastre. Me los imaginaba resistiendo la soledad (“El hombre más fuerte es el que resiste la soledad”, escribió Henrik Ibsen), escuchando de continuo la radio (“La radio marca los minutos de la vida”, según el novelista Jacques de Lacretelle) y regresando exhaustos al hogar. Poco a poco aprendí que remaban en sus propios barcos, sí, pero la soledad no siempre era su mejor compañía, y que si llegaban extenuados, algo tenían que ver en ello las luces fluorescentes de carretera.
Ahora ya no sólo se conforman con empapelar la cabina con imponentes mujeres desnudas. En su progreso intelectual y evolución profesional, estos amos de la carretera adornan sus habitáculos con multiformes reclamos que los desalojan definitivamente de mi metafísico cajón de sastre.
Camión de Central Lechera Asturiana. La Zenia, Orihuela (Foto: Alcázar)

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