11 julio 2008

Escalera hacia el cielo

Si existiera en Murcia un club de excéntricos como aquel que se reunía en Londres el día 13 de cada mes para desafiar toda clase de supersticiones, yo solicitaría ingresar. Y, si encuentro tiempo, lo crearé en Murcia. Nos juntaríamos en una sala techada para cenar con paraguas abiertos. Derramaremos sal; derramaremos aceite; ofreceremos bebidas en vasos rotos; soltaremos gatos negros; colocaremos invertido el pan en la mesa; habrá tijeras que se nos caigan al suelo con el pico abierto; y, a la salida de la estancia, nos despedirá un tuerto mientras desfilamos por debajo de una escalera...
Me recuerdo pasando por debajo de una escalera apoyada contra la pared desde zagal. Entonces, yo desconocía el origen de esta superstición, pero ya me rebelaba contra ella. Hay plurales versiones de su procedencia. Por ejemplo, apoyada se forma un triángulo, que la tradición popular identificó con el símbolo de la Santísima Trinidad: el pueblo llano entendía que estaba prohibido pasar por debajo de este arco sagrado.
Más versiones nos la aproximan a la horca; un método de colgar al reo consistía en arrojarle desde una escalera para que quedara suspendido de la soga en el hueco por el que no debemos pasar si somos supersticiosos. De hecho, en el siglo XVII, en Inglaterra y en Francia, a los criminales que iban camino del patíbulo se les obligaba a andar bajo una escalera, mientras el verdugo, conocido como el Novio de la Escalera, marchaba a su vez alrededor de ella.
He leído alguna más, interpretada a la luz de la muerte de Cristo. Dado que se había apoyado una escalera en el crucifijo, ese útil se convirtió en símbolo de maldad, traición y muerte. Pasar por debajo de una escalera llamaba al infortunio.
Hay, por supuesto, un antídoto contra esta superstición para el individuo que involuntariamente cruza por debajo de ese triángulo. Lo inventaron los romanos. Se llama el signo del fico: se cierra la mano y se deja sobresalir el dedo pulgar entre el índice y el corazón. Y ese gesto, precursor del alargamiento del dedo corazón con el que ya se sabe adónde mandamos a quien se lo mostramos, hay que dirigirlo a la escalera. Así ya podemos seguir andando tranquilos...
Avenida General Primo de Rivera (Foto: Alcázar)

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