10 julio 2008

La estúpida tradición polvorista




Maldigo al chino que descubrió la pólvora. Odio los petardos, cohetes y todo lo que huela a esa sustancia. Y detesto la costumbre de festejar o clausurar algo con un castillo de fuegos artificiales.

Mi odio germina con las tracas que paletos prendían a la salida de los novios de la parroquia del padre Joseíco. Interrumpir mi siesta con ese sobresalto me despertó un instinto asesino que siempre he preferido controlar, más que nada porque no quiero que me saquen en la crónica de sucesos de Gente.

Enraizó mi animadversión en Campoamor. El día del Carmen. Cada julio, la romería de la Virgen, con navegación en barca de pescadores incluida, la “amenizaba” un tonto del pueblo a cohete por minuto. Recuerdo haber pronunciado frases que niego haber pronunciado: “¡Métase los cohetes por el culo, tonto’l pijo!”...

Al fin, mi aversión ya es crónica por culpa de los castillos que encienden en Murcia hasta para festejar que el nene estrena espada y faja en los Moros y Cristianos. ¿Qué ocurre: que la pirotecnia no contraviene la ordenanza municipal ni rebasa los niveles de ruido? ¿Todas las flamas, chispas, culebrinas y cohetes nupciales tienen la autorización para descomponer la tranquilidad de quienes queremos vivir en paz?

La tradición polvorista (de pólvora) me resulta zafia, garrula, perulla...; e insoportable. Lo de los arcabuces de Yecla y las fallas de Valencia me repele porque prefiero que una sinfonía me dulcifique el oído a que una traca me mande directo al otorrino. Reconozco, no obstante, que la gama de efectos y luces de un castillo puede resultarle encantadora a un espectador predispuesto al embobamiento. A mí, si acaso, una o dos veces al año. Y con tapones. Ruido, ruido, ruido y más ruido. Ruido por el ruido.

Cielo de la plaza de San Pedro. Día de San Pedro (Foto: Alcázar)

No hay comentarios: