31 julio 2008

¡Peligro: anzuelos a la vista!

A mi abuelo materno le vi pescar lo que a nadie desde las rocas del puerto de Campoamor, ese fondeadero tan bien (!) construido que aún hoy sigue acumulando arena en la bocana, justo por donde deben entrar y salir los barcos...

Él era pescador de agua dulce, de río y de pantano, de los que se construían su propia caña y elaboraban sus propios cebos. Hacía una masilla cuyos ingredientes y proceso eran tan secretos que se fueron con él a la tumba.

Poco me aficioné yo a la pesca, a pesar de su pujo por que lo hiciera. No pasé de unas cuantas tardes en el puerto y una mañana en una cala cercana a Cabo Roig. Recuerdo que esa mañana pareció que a los pescados no les importaba clavarse en el anzuelo con tal de probar aquella masilla hipnotizadora. Cada vez que la masilla se hundía en el agua, los peces se la disputaban como a Jean-Baptiste Grenouille cuando es devorado en el mercado de París en el que nació.

Influyó en que prefiriera otros entretenimientos el hecho de que me clavara dos o tres anzuelos en los dedos mientras manipulaba las artes y que un nailon me cortara en la mano en alguna maniobra mal ejecutada. Por no hablar de un par de resbalones cuando me disponía a introducir alguna pieza en la cesta que lazaba en las rocas más próximas al agua.

Jamás me ocurrió, pero siempre temí, porque lo vi, que cuando algún pescador cercano lanzara el anzuelo, éste se enganchara en mi cuerpo y me provocara una desgracia. Vi, digo, cómo se enredaba en la ropa o el pelo. Sobre todo sucedía con los que pescaban a plomo. Siempre me decía, y aún hoy lo hago: “¿Y si soy tan desgraciao que se me incrusta en un ojo?

Puerto deportivo Miguel Caballero. Una tarde dominical de éstas (Foto: Alcázar)

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