25 agosto 2008

Lucha libre vagabunda en Murcia




Tomar un refrigerio en una terraza murciana durante el verano sin ser importunado cada minuto por un pedigüeño distinto es imposible. Y mira que yo sigo a rajatabla la indicación -que no prohibición- del alcalde Cámara de no aflojar ni un céntimo. Pero si hay centenares, por algo –y alguien- será.
Sufrir el atosigamiento de los mendigos no ayuda a los guiris a recordar con agrado su pretendida visita relajada a la ciudad. Y así, si tienen que elegir entre dos destinos se inclinarán por otro. Y si la Policía Local ni está ni se la espera, los perjudicados acaban siendo los comerciantes.
Claro que si el Defensor del Pueblo recomendó en 1996 al Consistorio que procediera “a la modificación de las vigentes ordenanzas municipales [...] en todo aquello que tenga relación directa con la actuación municipal en el ámbito de la mendicidad, en el sentido de adecuar dichas ordenanzas a los principios de legalidad y tipicidad y al respeto a los Derechos Fundamentales de la persona”, stricto sensu, la culpa no es de quien manda en La Glorieta.
El del vídeo es un fragmento del recuerdo que una joven pareja de residentes en Madrid se lleva de su primera estadía en Murcia. Los púgiles ambulantes ya habían jorobado antes a la clientela en la plaza de las Flores. Al rato, se desplazaron a la de Santa Catalina. Ocurrió el sábado, cerca de las cinco de la tarde. Un cuarto de hora después, un furgón y dos motocicletas de la Policía Local aparecían para pasearse. O sea, para nada.
Antes me apenaban los mendicantes. Ahora sólo me apenan los que piden sin molestar. No soy yo el que debe solucionar la indigencia, una indigencia de la que no todos aspiran a huir. Sufriría por los demás si antes no tuviera que sufrir por mí mismo. La tragedia humana está al salir del portal y creer que la solucionamos dando limosna a la legión de indigentes no es acertada, aunque si se la tuviera que dar a alguien, sólo sería a quienes no molestan. El Vaticano considera inaceptable prohibir pedirla. Y a mí, trabajadores sociales del Ayuntamiento me aseguran que en este municipio a nadie le falta comida, ropa y un techo para subsistir. La limosna, pues, mejor creo que la canalizarían las organizaciones caritativas y a esas la entrego yo.
Como anfitriones, mi amigo Pérez y yo procuramos emplear con la pareja de turistas una técnica propagandística propia de prestidigitadores: disimulo de los aspectos negativos de un aperitivo callejero y glorificación y apología de la Catedral, ante cuya portada se fascinaron. A pesar de que sus puertas y la plaza de Belluga estaban empalagadas de pedigüeños…
Ya por la noche seguían en Santa Isabel... (Vídeo: Alcázar)

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