20 agosto 2008

Churro inflable = rotura fibrilar

Siempre lo he llamado “churro inflable”, pero como le ocurre al miembro viril, tiene nombres mil: chorizo, plátano, longaniza...
Por él no pasan los años. Hace 18, en ese churro me desgarré el cuádriceps. El muslo, vamos. No pude hacer gimnasia hasta enero, si bien los Hermanos Marista me obligaron a asistir a esas clases a las ocho de la mañana, de paisano, sentándome en la base de una canasta, viendo a mis compañeros ejercitarse... Disculpadme, queridos lectores, pero detalles como éste me emocionan y despiertan esa nostalgia... Esa nostalgia que no me duró más allá de COU, porque en ese curso abandoné el Malecón y me matriculé en el Cascales.
Pero volvamos al churro. Y a aquella tarde. Con el viejo dándole caña a la lancha y yo en el último asiento, “animándolo” a meterle más nudos al entretenimiento.
Las imprudencias se suelen pagar. Y si en un churro arrastrado por una lancha patroneada por un viejo vituperado el ocupante de la última localidad se pone en pie cual jinete de rodaje de las secuencias arriesgadas de El zorro, el percance es merecido. El pie derecho se resbala, la pierna entra en el agua, el mar la arrastra con vehemencia, diez cuchillos desgarran las fibras y al nenico se le acaban las ganas de bromear.
Y de volver a montarse en uno.
Ahora los remolcan motos acuáticas. Campoamor. Playa de la Glea (Foto: Alcázar)

1 comentario:

supersalvajuan dijo...

hay que decirselo a valcarcel que los prohiba en sus costas.