06 agosto 2008

Publicidad para mujeres en coches de hombres

Lo peor que le puede ocurrir a un publicista es que su creación encuentre el efecto contrario al esperado. Aunque, vaya usted a saber, lo mismo es lo mejor que le puede suceder si es capaz de justificar que en realidad pretendía lograr ese efecto para conseguir uno ulterior, mejor que el inicialmente deseado...
Malabarismos del tipo artista contemporáneo aparte, no me refiero a que la publicidad muestre una imagen contraria de la que el creativo perseguía, sino a que por culpa del soporte publicitario elegido, el destinatario malquiera lo anunciado. Es el caso de la publicidad colocada en el parabrisas. Ésa y la que se emite en las salas de cine antes de cada película son las que más me disgustan.
Antes, levantaba el limpiaparabrisas, agarraba el folleto y, sin mirar qué se anunciaba, lo tiraba a la papelera. Es un proceso que, por el tiempo empleado-perdido, me malhumora. Ahora, sin embargo, procuro memorizar quién es el anunciante para evitarlo en el supermercado, la tienda de electrónica o el almacén de muebles. Y si no me he percatado de que llevo un papel aprisionado hasta que voy circulando, al anunciante no lo olvido jamás.
La última que han apisonado en la luna de mi utilitario ha sido la de un centro de esos en los que sólo las mujeres pueden alcanzar el bienestar, porque los hombres tienen prohibida la entrada. Quizás sólo porque no haya hombres cerca las mujeres ya alcancen el bienestar, pero el centro añade tratamientos de belleza.
Con este panfleto, el anunciante ha encontrado en mí todos los efectos contrarios posibles: coloca el folleto en mi automóvil y, en el caso de que me sedujera, no podría poner un pie en el establecimiento.
Y, encima, está redactado en inglés... (Foto: Alcázar)

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