05 septiembre 2008

El ataque del periquito

Caminaba yo por una pasarela-paseo erigida al final de la playa grande de Campoamor. Este verano. Una anochecida de viernes o sábado, no me acuerdo bien. Iba yo con el teléfono pegado a la oreja izquierda, relajado, concretando con mi interlocutora el lugar de encuentro para la reunión del grupo que iba a cenar por ahí. Concentrado en la conversación iba cuando un aleteo y fricción me sobresaltan. Los noto en el cogote, en el colodrillo. Como acto reflejo comienzo a dar palos de ciego, manotazos al aire con la derecha, intentando apartar lo que supongo que es un murciélago. Son ocho o nueve segundos en los que no acierto a alejar de mi chola aquel pájaro. Son segundos en los que Sir Alfred Hitchcock pudiera haberse inspirado para el rodaje de Los pájaros. Hasta que oigo a un tipo que se acerca, llama a no sé quién y, cuando me giro, observo que en su hombro se ha posado algo parecido a un periquito, loro o lo que sea. Tardo otros cuatro o cinco segundos en deducir que es su mascota. Y le sugiero que me pida disculpas y que intente que su pajarraco no altere a otro probo paseante.
El mal de nuestro tiempo es la superioridad. Hay más santos que hornacinas, decía Balzac. Cuán difícil es reconocer que debido a un descuido, a una negligencia, una mascota ha causado una molestia a otra persona.
-¡Vamos, hombre, circula! ¿Qué quieres, que lo lleve atado con una cuerda?
Y se supone que en esa zona te encuentras gente de cierto nivel cultural, con educación. Se supone.
¿Qué hubiera ocurrido si el puto pájaro me saca un ojo? ¿Por qué me tiene que descomponer el paseo? Recuerdo, de las clases con el ahora rector Cobacho, aquello de que “el poseedor de un animal, o el que se sirve de él, es responsable de los perjuicios que causare, aunque se le escape o extravíe. Sólo cesará esta responsabilidad en el caso de que el daño proviniera de fuerza mayor o de culpa del que lo hubiese sufrido”. Me saque o no el ojo, aquí no hubo fuerza mayor ni yo fui culpable. Pero al poseedor no le dio la gana de reconocerlo.
La anécdota es válida para comprender por qué cada día, discordias nimias originan riñas, peleas callejeras, domésticas y palizas. Y muertes. Si a mi irritación creciente le acompaño una hostia, sólo Dios sabe cómo termina el episodio. Hostia merecida, puntualizo. Pero si evito el pugilato, la refriega, sólo yo sé como termina el episodio. El problema es que hay otros que no saben evitar la contienda.
Terraza del Montepiedra. Solución para el perico (Foto: Alcázar)

2 comentarios:

Conch dijo...

Lo mejor de la foto es la Coronita, sin duda.

Gran post, muy tú.

Anónimo dijo...

vuelta y media in situ al cuello del animal (al pajaro me reriero), y asunto arreglado. Alegación frente a la policia de turno: Defensa propia.