02 agosto 2009

Los brasas

A un restorán no voy a escuchar a nadie cantar, salvo que alguien me convenza. A la mesa me siento a jalar, beber y parlotear. Por eso huyo de los establecimientos cuando un sujeto agarra el micro.
Hace poco, a mi amigo Camacho y a mí nos atrajo la idea de llenar la andorga en un nuevo comedor argentino situado en la costa alicantina de La Regia. No sé Camacho, pero yo sobreviví las 48 horas previas con muesli, zumos y agua. Nadé y corrí como si me fuera a enfrentar esa noche a un especialista en lucha canaria. Llegué con el vientre vacío y marcando abdominales, casi como Aznar. Todo, a fin de levantarme de la silla sin remordimientos. Pero ni siquiera nos sentamos. Desde varios metros antes los gallos y el desafinar de un individuo nos fueron recibiendo involuntariamente.
-No vendrá de la terraza del argentino, ¿verdad?
-Espero que no, porque encima el tío es malo de cojones.
El volumen nos obligaba a elevar de manera progresiva nuestro tono de voz. “¡A que nos jode la cena!”. Algo parecido al Only The Lonely de Roy Orbison me inflamaba a cada paso. “Viene de ahí, fijo”. Empecé a sudar antes de devorar un churrasco…
La terraza, casi repleta. Y un tal Miguel Meseguer, dando la brasa. “Para acabar afónicos nos piramos, ¿no?”. Nos situamos en todas las mesas libres para cerciorarnos de que ninguna se libraba, por lejanía, del estrépito. Y allí se quedó Miguel Meseguer. Y allí se quedaron los guiris escuchando algo parecido al Strangers in the night de Frank Sinatra. Que les aproveche.
Miguel Meseguer -derecha- actúa tres días cada semana (foto: Alcázar)

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