21 septiembre 2009

Historias del aseo

Este verano he asistido (desde fuera) a la micción más ligera y presurosa en aseo masculino que jamás haya presenciado. Lo llamativo es que no fue meón, sino meona... A ésta, otra noche le ofrecí un botellín de agua en un garito y lo rechazó, aduciendo que su padre dice que el agua pudre los barcos... Grandioso. Pero volvamos a la meada ágil: entonces me quité el sombrero que no llevaba puesto y a las diez o doce chicas que hacían cola ante el aseo femenino les sugerí educadamente que tomaran ejemplo. Y a mí también me lo sugerí, lo confieso, porque en los cuartos de baño no soy rápido. No tengo por costumbre entrar en pareja ni emparejado. Y como soy calmoso hasta hablando, no iba a dejar de serlo meando (orinando, para los delicados): me lavo las manos antes y después, me refresco la cara, hago examen de conciencia improvisado frente al espejo, procuro dejar el urinario y el lavabo más limpios de lo que los hallé y me marcho. Ocurre que este ceremonial maniático provoca escenas de comedia de situación. La última, en Bolonia, en julio; sucedió en el aseo masculino de un garito pseudopijo. Me esmeraba yo en secar con papel higiénico los contornos. Cuando terminé, tiré de lo que creí era la cadena del váter. Pero al tirar no se vació ningún depósito. Tiré tres, cuatro y cinco veces. Y nada. Y comencé a oír golpes en la puerta, a los que respondí en un fantaseado italiano: -Trancuilos, todo va bene, todo va bene”...
Mientras la cisterna se resistía a arramblar el papel higiénico, más golpes y voces sonaban al otro lado de la madera. Y la montonera de celulosa allí abajo, con agüita amarilla. Y yo, ya con sudación, me refrescaba de nuevo, agarraba más papel, aumentaba la aglomeración en la taza y los gritos se acrecían:
-Fa caldo aquí dentro, joder, pero es que la cadena, el catenaccio o como coño se diga esto no funciona...
Habían transcurrido algunos minutos y la tendencia a la armonía era nula, así que decidí abrir la puerta. Reconocí a dos camareras y a dos camareros. No paraban de hablar y gesticular, cosa propia de los italianos. Yo no entendía un carajo, me encogí de hombros y traté de explicarles que la cadena metálica que pendía del falso techo no desaguaba el depósito si yo tiraba de ella.
-Aquí pasa algo, non capisco, joder...
Hasta que al instante, uno de los boloñeses me explicó que esa cadena servía para activar la alarma de emergencias allí dentro, en el cuarto de baño, y que por eso habían acudido todos. Y que la verdadera cadena no existía: se correspondía en realidad con un botón que salía de otra pared, al que había que pulsar para que se vaciara el tanque.
-Annnnndaaaa...
Y todo aquel bochorno, por no ser de micción ligera y presurosa.
Dispensador de papel de manos en el aseo boloñés (foto: Alcázar)

5 comentarios:

sushi de anguila dijo...

Jajajajajaajaja...¡¡¡glorioso!!!... digno de Verne y sus 'Tribulaciones de un lord murciano en la Europa Comunitaria'... Memorable su ritual miccionario, digno del mismísimo Phileas Fogg cada vez que tomaba un baño de agua caliente....

Luis Alcázar dijo...

Ja, ja, ja. Si habré oído yo eso de: “¡Qué pesao eres. Tardas más que una tía!".

Conch dijo...

O sea, que no vomitabas. Me quedo más tranquila. O no.

Luis Alcázar dijo...

¡Es verdad, Conch! Mira que la cogisteis perra en Galicia con mis visitas al aseo y la falta de correspondencia entre lo ingerido y la figura...

Anónimo dijo...

Muy bien escrito, Alcazar. Enseñaré a leer a D.Ernesto con tus textos. JAM.