15 septiembre 2009

La buena fe

Una vez pasé de medir algo más de 183 centímetros a algo menos de 130. En un abrir y cerrar de ojos de persona normal.
Caminaba junto a dos amigos por la calle Jacobo de las Leyes. Teníamos 18 años. Supongo que iríamos hablando de faldas o pelotas. Pisé una tapa del alcantarillado y me hundí con los dos pies, las dos piernas, en un fondo de fango. El desplome fue tan rápido que mis gafas se quedaron suspendidas en el aire y su inmersión en el cieno llegó décimas de segundo después de que zozobraran mis zapatos.
Me quedé parado allá abajo. No quería moverme, no fuera a ser que un paso en falso me proporcionara un viaje por los desagües. Con la ayuda de mis amigos dejé de ser un pigmeo, comprobé que no me dolía nada, que no me había torcido mis tobillos de cristal y recuperé las gafas. Llegué a la universidad, me adecenté y sumé la experiencia a mi anecdotario.
Este verano, corriendo por Campoamor he recordado aquel episodio al pasar por una trampa parecida. Y he pensado que si entonces hubiera simulado una lesión (incluso sin engaño) podría haber llevado al Ayuntamiento a los tribunales. Le podría haber reclamado una indemnización. Pero fui incapaz. Soy incapaz. Y me jode serlo. Me jode actuar de buena fe. Sobre todo cuando compruebo cada día cómo las Administraciones no reconocen un error, cómo las empresas concesionarias se defienden bárbaramente en los juzgados a fin de evitar compensar a quien han perjudicado de manera palmaria. Me jode, pero no puedo cambiar. Por ahora...
Acera de la Dehesa de Campoamor (foto: Alcázar)

1 comentario:

Quique Baeza dijo...

Cuando se destroce tu límite dejarás de serlo. Creo que todos tenemos un límite y por estos lares somos muy indolentes a veces, no defendemos del todo nuestros derechos por pereza, eso es muy murciano.