16 agosto 2010

Sin miedo a volar















En un mes he viajado en seis aviones: dos de Air Berlín y cuatro de Ryanair. He llegado más lejos que nunca. No sólo en el Planeta, sino en la lucha contra mi aerofobia. Sigue fascinándome-acojonándome contemplar una aeronave y pensar: “Y en ese cacharro se mete gente, y ese artilugio se eleva, y ese artefacto vuela miles de kilómetros sin chocarse contra otros, y ese armatoste aterriza y la gente sale de dentro”. Lo que ha cambiado he de situarlo a la altura de mi ejercitado vientre. Antiguamente, desde que saludaba a la azafata de bienvenida a bordo mi estómago se encogía y una fumarola de angustia ascendía. La sensación no se apaciguaba ni respirando a lo parturienta. Ahora, sin embargo, casi he logrado disfrutar volando. Hasta me desenvuelvo bien en las turbulencias:

-¿No un poco miedo? –me pregunta una austríaca yendo de Palma de Mallorca a Alicante.

-Nada. Sin miedo. No está en mis manos. Sólo tenemos el control sobre nuestros temores. Controla tu temor, controla el miedo y, de paso, si es posible, dame tu dirección de correo electrónico, por si acaso voy a Austria…

¿Qué me ha ocurrido? Un poco de todo. Fundamentalmente, mi pérdida paulatina del miedo a la muerte. Y el análisis facilón de las estadísticas: “Cada día hay miles de vuelos y apenas accidentes. Ya sería mala suerte que me tocara a mí”. Así, lo desagradable ahora no es el vuelo, si con auriculares o tapones uno puede abstraerse de la megafonía; lo fastidioso es el ceremonial previo y posterior a subirse al aparato. En los vuelos ya ni me atemoriza divisar aviones que se cruzan con el mío a unos pies arriba o abajo, como el que fotografié regresando a Alicante desde Gotemburgo. No he leído el libro de Javier del Campo, pero sospecho que puede serle útil a quienes sufren el miedo que yo sufría. En esto, igual que en tantas cosas, sin la ayuda de nadie he sido capaz de voltear la situación, de solucionar el problema.

5 comentarios:

Wunderkammer dijo...

Luis, pues a mí me pasa al contrario... de no tener miedo y disfrutar ahora he pasado a un miedo atroz y paralizante.
Probablemente tenga que ir a uno de los destinos a los que has ido tú este verano y de pensar en el avión es que se me quitan las ganas.
:(
Me apunto el libro.

Conch dijo...

Yo creo que la clave es coger muchos aviones y por eso le has perdido el miedo este verano, Luisico. Te acostumbras a ruidos y movimientos extraños y hay un momento en que ningún vuelo te parece malo. Y que ponerse a pensar en qué puede pasar es agotador. ¿Acaso cada vez que nos duele algo pensamos lo peor o cada vez que cogemos el coche o salimos a correr...? Porque de morir hay más posibilidades en esas situaciones. Y también podemos no despertar mañana.

Yo, como tú, pienso que es acojonante que un trasto así vuele y con eso me quedo. Las estadísticas están de nuestra parte y ser una cagueta no me va a quitar mis ansias de ver el mundo. El próximo viaje a América, nene.

Luis Alcázar dijo...

Wunder, además de lo que apunta Bítter, yo añado que si los vuelos de Ryanair alcanzan su destino sin accidentarse, casi cualquier avión puede hacerlo... Por lo tanto, siempre y cuando no cojamos aviones de líneas aéreas que utilicen a cien explotados a pie de pista soplando para que el aparato despegue, lo más saludable es estar tranquilo e incluso bromear acerca de las peores probabilidades (qué diríamos o haríamos si nos dicen que en un minuto nos estrellamos...). El vuelo del sábado pasado, Cracovia-Alicante, fue como un viaje de tres horas en la montaña rusa: traqueteo, subidas y bajadas tan bruscas que saltabas del asiento, niños llorando y rostros desencajados... Y yo, tan pancho. Dicho lo anterior, un consejo que no sé si incluye Javier del Campo en el libro es subirse a un avión habiéndose confesado. Por si acaso...

Quique Baeza dijo...

Y volar no te da dolor de cabeza??? Yo recuerdo que la quijotera me dolía un poquito tras los viajes.

Wunderkammer dijo...

Al final me quedé en tierra :(