09 septiembre 2010

El incendio de Calasparra























Para los calasparreños, asistir a la devastación de la sierra del Molino es como para los murcianos imaginarse la quema del Parque Regional de Carrascoy y El Valle. Un joven padre me contó que esperaba a que su hijo tuviera un par de años más para enseñarle las rutas senderistas que él recorría sábados y domingos. Ahora deberá esperar más. Porque a un canalla (o más) le dio por incendiarla. Supuestamente, claro. Cuando la mayoría, o se encontraba en la plaza de toros o se preparaba para la romería nocturna. Pero los que llevan dos décadas apagando fuegos no tienen ninguna duda: el que lo provocó lo hizo a conciencia: a las siete de la tarde, en dos puntos distantes entre sí seis kilómetros, sabedor de que con un poco de “suerte” el anochecer se echaría encima y los medios aéreos deberían retirarse, con lo que las llamas avanzarían durante la madrugada hasta convertirlo en el incendio más aniquilador desde 1994. Calculan que 900 ó 1000 hectáreas calcinadas de pino carrasco y matorral, equivalente aproximado de 700 ó 750 campos de fútbol.

La anónima profesionalidad, la desconocida solvencia de centenares de personas ha evitado que las llamas alcanzaran el Cañón de los Almadenes (Cieza), un paraje majestuoso que sólo quienes lo hemos cubierto en balsa por el río Segura creo que podemos valorarlo en toda su dimensión.

Nunca había seguido desde apenas dos horas después de su inicio una catástrofe como ésta. Desconsuela divisar por la noche el horizonte de hileras de fuego anaranjado sin que nadie pueda evitar su avance. Y cuando al día siguiente uno se adentra en el corazón de la sierra humeante, con el incendio aún sin controlar pero acotado, aflige e indigna ser testigo de la destrucción caprichosa. Y en contraste emociona seguir junto a brigadas forestales de Albacete el trabajo coordinado con otros compañeros y un helicóptero para sofocar un fuego que se ha reavivado en un tronco y que amenaza con precipitarse al desfiladero y propagarse a los pinos que hasta entonces se han salvado de la quema.

Definitivamente el ser humano no está bien de la cabeza. Y lo peor es que no tiene solución.

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